Rock, pop, house, jazz, clásica, flamenco, tecno, folk, blues, rap, soul, funky, reggae, etc, etc…
A bote pronto y sin pensar demasiado tiempo, son diversos estilos y géneros musicales que me vienen a la mente, y que reflejan de buena manera la diversidad musical y por ende, cultural de nuestro planeta, y más concretamente de aquello que todavía se puede seguir denominando la civilización occidental.
Es evidente que parece un poco innecesaria la duda que plantea el título de este artículo:
Las músicas no son todas iguales, cada una se hace y percibe de una manera diferente, en estilos y contextos culturales diversos, y disfrutados por grupos sociales distintos. Si tuviera que enumerar en un examen todos y cada uno de los géneros y estilos musicales del planeta sin duda sería examen suspendido, y dudo mucho que alguien pudiera aprobarlo ¡¡¡¡hay tantos como pueblos¡¡¡¡ Por tanto, el objeto de la pregunta parece fútil, claro que todas las músicas no son iguales, y afortunadamente, para suerte y disfrute nuestro, debo añadir.
Todas comparten, naturalmente, características que las hace comunes, todas se basan de alguna manera en un ritmo más o menos determinado, todas tienen una duración en el tiempo, todas emiten sonidos a una determinada altura o afinación, y todas más o menos llevan algún tipo de acompañamiento.
Pero, por encima de este hecho obvio, las músicas no comparten otros aspectos, que las hacen ser muy diferentes, y entre esos podría citar varios, a los que llamaré:
Origen, destino, medios de expresión, intencionalidad y proceso.
Ahí es donde empezamos a dilucidar las diferencias entre las músicas, ahí es donde podemos empezar a vislumbrar claramente que la aparente unidad en la diversidad de las que gozan las músicas de nuestro entorno se resquebraja de manera importante, y ahí es donde empiezo a separar entre dos mundos, dos maneras de entender la música de forma genérica.
Ahí es donde entran dos conceptos nuevos hasta ahora:
Música culta y música popular
(Continuará)
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sábado, 27 de noviembre de 2010
Música… ¿existe? Art. IV
Una de estas reacciones de uno de nuestros hipotéticos interlocutores después de ser preguntado por la música culta o clásica es fruncir el entrecejo, y dudar… dudar de si estás hablando en serio. Preguntarle a alguien por Bach, Chaikovsky o Webern es condenarse a cambiar inmediatamente de conversación, ser eternamente aspirante a un intercambio onanista de hechos musicales, amor autocomplacido.
No soy de ese tipo de gente que afirma que la cultura musical es inexistente en nuestro país, ese argumento me parece muy muy trillado a estas alturas, es cierto que no es para tirar cohetes, pero si hay personas, y bastantes, interesadas en la música pero… ¿en cuál o cuales?
Flamenco, rock en sus múltiples estilos, jazz, música ligera… si, pero ¿clasica?...pocos. No hay más que encender la radio, la tv u hojear un periódico para corroborar lo que digo. Vivimos en un mundo copado culturalmente por yanquilandia, y escapar a su influencia es muy difícil, asi son las cosas, y se querrá o no negarlo pero un hecho es evidente, las miras musicales de la mayoría de las personas no abarcan, siendo generosos y mirando hacia atrás, más de cincuenta años (albores del rock and roll, blues o swing). El que tenga entre sus gustos estas músicas podrá alardear ante la mayoría de los mortales de “entendido musical”, sibarita y exigente (aunque en realidad no tengan la mayoría ni puñetera idea).
Ese es el bagaje histórico en la llamada música popular y ese, si somos observadores, es el que llena y copa la mayoría de las páginas de los periódicos. En la música popular, el tiempo musical empieza por arte de birlibirloque poco más allá de hace cinco décadas, lo demás no existe.
En la música culta existe algo parecido pero al revés, el tiempo se detuvo, salvo excepciones, en las primeras décadas del s.XX, el repertorio acaba, salvo honrosas y contadas excepciones en esta época (aunque esto es patrimonio de otro artículo, no quiero desviarme del tema).
Si, como dije antes, tienes la oportunidad de departir con alguna persona de sus gustos musicales y tienes la osadía de preguntarle si le gusta la clásica, seguramente te dirá que no, y seguramente te dará como argumento que es una persona de su tiempo, que escucha y se interesa por la música de su época, y que la clásica no lo es, es y pertenece al pasado, no al presente, y que en definitiva no tendría por qué estar interesado en ella. Entonces es cuando tu deberías preguntarle si le gusta la pintura, el arte, si va a museos y a exposiciones, y seguramente te afirmará que si, que va con frecuencia. Entonces no deberás tener duda de que nos encontramos ante uno de los tipos a los que me refería en mi artículo anterior, gente que otorga gran importancia artística y cultural a la pintura pero ninguna o poca a la música. ¿Por qué digo esto?
Porque esta persona no tiene ningún problema en asistir a exposiciones de pintores y artistas del pasado, de otras épocas y decirlo, pero no se le pasa por la cabeza hacer lo mismo con músicos de otras épocas, del pasado. Es decir, lo que concede a la pintura, no lo hace con la música, ni hablar.
Y yo pregunto:
¿Por qué sucede esto? ¿No será que el papel que ocupa la música en nuestra sociedad actual está alejado del papel artístico que ocupan, por ejemplo pintores o escritores? Dicho de otra forma, los músicos son relegados a roles diferentes del arte, y más bien relacionados con algo parecido al bufón? (Continuará)
No soy de ese tipo de gente que afirma que la cultura musical es inexistente en nuestro país, ese argumento me parece muy muy trillado a estas alturas, es cierto que no es para tirar cohetes, pero si hay personas, y bastantes, interesadas en la música pero… ¿en cuál o cuales?
Flamenco, rock en sus múltiples estilos, jazz, música ligera… si, pero ¿clasica?...pocos. No hay más que encender la radio, la tv u hojear un periódico para corroborar lo que digo. Vivimos en un mundo copado culturalmente por yanquilandia, y escapar a su influencia es muy difícil, asi son las cosas, y se querrá o no negarlo pero un hecho es evidente, las miras musicales de la mayoría de las personas no abarcan, siendo generosos y mirando hacia atrás, más de cincuenta años (albores del rock and roll, blues o swing). El que tenga entre sus gustos estas músicas podrá alardear ante la mayoría de los mortales de “entendido musical”, sibarita y exigente (aunque en realidad no tengan la mayoría ni puñetera idea).
Ese es el bagaje histórico en la llamada música popular y ese, si somos observadores, es el que llena y copa la mayoría de las páginas de los periódicos. En la música popular, el tiempo musical empieza por arte de birlibirloque poco más allá de hace cinco décadas, lo demás no existe.
En la música culta existe algo parecido pero al revés, el tiempo se detuvo, salvo excepciones, en las primeras décadas del s.XX, el repertorio acaba, salvo honrosas y contadas excepciones en esta época (aunque esto es patrimonio de otro artículo, no quiero desviarme del tema).
Si, como dije antes, tienes la oportunidad de departir con alguna persona de sus gustos musicales y tienes la osadía de preguntarle si le gusta la clásica, seguramente te dirá que no, y seguramente te dará como argumento que es una persona de su tiempo, que escucha y se interesa por la música de su época, y que la clásica no lo es, es y pertenece al pasado, no al presente, y que en definitiva no tendría por qué estar interesado en ella. Entonces es cuando tu deberías preguntarle si le gusta la pintura, el arte, si va a museos y a exposiciones, y seguramente te afirmará que si, que va con frecuencia. Entonces no deberás tener duda de que nos encontramos ante uno de los tipos a los que me refería en mi artículo anterior, gente que otorga gran importancia artística y cultural a la pintura pero ninguna o poca a la música. ¿Por qué digo esto?
Porque esta persona no tiene ningún problema en asistir a exposiciones de pintores y artistas del pasado, de otras épocas y decirlo, pero no se le pasa por la cabeza hacer lo mismo con músicos de otras épocas, del pasado. Es decir, lo que concede a la pintura, no lo hace con la música, ni hablar.
Y yo pregunto:
¿Por qué sucede esto? ¿No será que el papel que ocupa la música en nuestra sociedad actual está alejado del papel artístico que ocupan, por ejemplo pintores o escritores? Dicho de otra forma, los músicos son relegados a roles diferentes del arte, y más bien relacionados con algo parecido al bufón? (Continuará)
jueves, 11 de noviembre de 2010
Música… ¿existe? Art. III
Este año le toca a Renoir, el pasado verano fue Turner, y en temporadas anteriores fueron Bacon, Tintoretto, Vermeer… asi nos podríamos retrotraer a cuando Franco era cabo.
¿De qué estoy hablando? Si eres aficionado al arte, y en concreto a la pintura, habrás adivinado enseguida a lo que me refiero: Monográficos dedicados por la mayor de nuestras pinacotecas, el Museo del Prado, a algunos de los maestros de la pintura de todos los tiempos.
Seguramente te preguntarás qué carajo tiene que ver esto con la música.
Quiero hablar de la diferencia de consideración que tienen en nuestra sociedad dos artes que forman parte por derecho propio, y desde el albor de los tiempos, de las llamadas bellas artes, véase la pintura y la música, y en el caso de ésta última, de la mal llamada música clásica (prefiero llamarla culta).
En el caso de la pintura, y por eso he puesto los ejemplos con los que empezaba este artículo, cada vez que se dedica una gran exposición en un museo, pongo por caso El Prado, la repercusión en los medios de comunicación es enorme, todos se hacen eco de ella, el espacio dedicado a las exposiciones es relativamente grande en periódicos y medios de comunicación. Por ello, las colas en los museos son de aúpa, montones de personas se acercan a ver a los maestros, y los motivos que los llevan a ellos son, por supuesto de muy diversa índole. Está el interesado de verdad por al arte, el que no se pierde una, el curioso que va por primera vez, el turista que no se entera de nada y que va porque así lo indica la guía turística de turno y se le nota, y el que va por alardear ante otro de que ha ido para poder contarlo después. Cada uno va por un motivo distinto, pero va al fin y al cabo. Podemos deducir de todo ello que la pintura, o al menos ir a exposiciones es un hecho socio-cultural aceptado y “bien visto”, es decir algo de los que poder alardear posteriormente y ante otro para quedar bien.
A este hecho se le suma otro que hay que tener muy en cuenta y es que muchas de estas exposiciones de pintura están dedicadas a maestros de la pintura del pasado, muertos y enterrados varios siglos atrás, pintores que por supuesto cultivan un estilo pictórico desactualizado con los parámetros actuales del arte, que son considerados maestros indiscutibles pero que dicho de una manera clara, pintan como hoy ningún pintor de postín osaría pintar, estilos más propios de siglos pasados.
Aquí es donde entra a escena la música, y más concretamente la música clásica o culta. Ésta, pocas o muy pocas veces salta a la primera página de los medios de comunicación, salvedad si acaso de Baremboim y su orquestilla solidaria, y por motivos totalmente ajenos a la música en sí misma.
Asistir a un concierto en uno de nuestros auditorios es algo que sólo hacen los aficionados de verdad, algunos profesionales o aquellos tipos de personas que aún siguen considerando la música culta en público como un acto social de prestigio, un buen lugar donde lucir status y abrigo de visón.
En ningún caso nuestros auditorios son visitados por turistas (no figuran, salvo casos raros y por hechos ajenos a la música como cita ineludible en nuestras ciudades) y el hecho de mencionar en una conversación informal que vamos a ir o que hemos ido a tal o cual concierto es susceptible de ser interpretado como un vacile o un farol. Todos los melómanos sabemos de qué estamos hablando, las reacciones de nuestro interlocutor son de lo más variopinto (Continuará)
¿De qué estoy hablando? Si eres aficionado al arte, y en concreto a la pintura, habrás adivinado enseguida a lo que me refiero: Monográficos dedicados por la mayor de nuestras pinacotecas, el Museo del Prado, a algunos de los maestros de la pintura de todos los tiempos.
Seguramente te preguntarás qué carajo tiene que ver esto con la música.
Quiero hablar de la diferencia de consideración que tienen en nuestra sociedad dos artes que forman parte por derecho propio, y desde el albor de los tiempos, de las llamadas bellas artes, véase la pintura y la música, y en el caso de ésta última, de la mal llamada música clásica (prefiero llamarla culta).
En el caso de la pintura, y por eso he puesto los ejemplos con los que empezaba este artículo, cada vez que se dedica una gran exposición en un museo, pongo por caso El Prado, la repercusión en los medios de comunicación es enorme, todos se hacen eco de ella, el espacio dedicado a las exposiciones es relativamente grande en periódicos y medios de comunicación. Por ello, las colas en los museos son de aúpa, montones de personas se acercan a ver a los maestros, y los motivos que los llevan a ellos son, por supuesto de muy diversa índole. Está el interesado de verdad por al arte, el que no se pierde una, el curioso que va por primera vez, el turista que no se entera de nada y que va porque así lo indica la guía turística de turno y se le nota, y el que va por alardear ante otro de que ha ido para poder contarlo después. Cada uno va por un motivo distinto, pero va al fin y al cabo. Podemos deducir de todo ello que la pintura, o al menos ir a exposiciones es un hecho socio-cultural aceptado y “bien visto”, es decir algo de los que poder alardear posteriormente y ante otro para quedar bien.
A este hecho se le suma otro que hay que tener muy en cuenta y es que muchas de estas exposiciones de pintura están dedicadas a maestros de la pintura del pasado, muertos y enterrados varios siglos atrás, pintores que por supuesto cultivan un estilo pictórico desactualizado con los parámetros actuales del arte, que son considerados maestros indiscutibles pero que dicho de una manera clara, pintan como hoy ningún pintor de postín osaría pintar, estilos más propios de siglos pasados.
Aquí es donde entra a escena la música, y más concretamente la música clásica o culta. Ésta, pocas o muy pocas veces salta a la primera página de los medios de comunicación, salvedad si acaso de Baremboim y su orquestilla solidaria, y por motivos totalmente ajenos a la música en sí misma.
Asistir a un concierto en uno de nuestros auditorios es algo que sólo hacen los aficionados de verdad, algunos profesionales o aquellos tipos de personas que aún siguen considerando la música culta en público como un acto social de prestigio, un buen lugar donde lucir status y abrigo de visón.
En ningún caso nuestros auditorios son visitados por turistas (no figuran, salvo casos raros y por hechos ajenos a la música como cita ineludible en nuestras ciudades) y el hecho de mencionar en una conversación informal que vamos a ir o que hemos ido a tal o cual concierto es susceptible de ser interpretado como un vacile o un farol. Todos los melómanos sabemos de qué estamos hablando, las reacciones de nuestro interlocutor son de lo más variopinto (Continuará)
lunes, 11 de octubre de 2010
Música… ¿existe? Art. II
A la música se la utiliza incluso con fines políticos. Bien sabidas son las posturas de los regímenes totalitarios europeos en la primera mitad del s.XX, pero en nuestros días, en nuestras aparentemente abiertas democracias los medios de comunicación nos ofrecen espectáculos verdaderamente bochornosos, dignos de sociedades que pretenden convertir a sus ciudadanos en robots sin voluntad, en máquinas sin mente ni raciocinio.
Es bien conocida la capacidad de la música, o de ciertas músicas de provocar y potenciar emociones en el oyente, el mundo del cine puede proporcionarnos claros ejemplos de ello ¿Quién no ha sentido inquietud al oir cierta música en tal película de terror, o a quién no se le ha encogido el corazón en aquella otra escena de despedida en aquella otra escena? Todos sabemos del poder emocional de la música.
Lo bueno de oírla en el cine, en el teatro o en la ópera, por ej es que nos conmueve, nos aterra o alegra artificialmente, es decir, actúa en nosotros pero se nos presenta de frente, de cara, es decir dándola permiso y sabiendo lo que va a hacer, somos conscientes de que estamos viviendo una mentira maravillosa y consentida, por tanto no hay engaño, es un juego del que somos cómplices y víctimas al mismo tiempo, por lo tanto no pasa nada.
El problema es cuando viene sin que nosotros demos su permiso, como ese amigo inoportuno que se nos presenta en casa sin que lo hayamos invitado, y que nos entretiene cuando íbamos hacer algo tan importante.
Algo así sucede cada vez más en los noticieros de la televisión y de la radio, y ante ciertos temas muy sensibles a la opinión pública. Hace relativamente poco, en plena efervescencia popular ante la legalización del matrimonio homosexual, un hombre contaba a la cámara entre sollozos, como había sufrido durante el franquismo la burla y el desdén de un cura. No crean ni por un momento que el testimonio se basaba en palabras únicamente, en absoluto. La noticia se acompañó de una buena dosis de música conmovedora, toda ella puesta indiscutiblemente para conmover adecuadamente a la audiencia y dar pena, es decir, para derribar su capacidad de raciocinio o prejuicio se mire por donde se mire, o sea para que haga o piense más fácilmente de la manera en que se quiere que piense. Ni que decir tiene que la cadena televisiva en cuestión era la cadena pública estatal.
Otro momento que recuerdo especialmente, por supuesto en el ente público televisivo, fue un reportaje de una víctima del terrorismo, se contaban hechos terribles y dramáticos, todos ellos narrados y sazonados con una música de fondo de violonchelo debidamente conmovedora.
Nuestros amiguitos los políticos y sus acólitos que ocupan los puestos de poder saben que la masa es dúctil y maleable, y que se puede influir en su pensamiento y dirigirlo de la manera más conveniente con diversos medios, y el más poderoso es evidentemente el de las emociones, ahí las barreras son derribadas rápidamente, el espíritu crítico si es que existe en alguien cosa que dudo cada vez más se derriba como un castillo de naipes de forma inconsciente, no hay defensa posible si no es con buenas dosis de análisis distante y de espíritu despierto, ingredientes cada vez más escasos hoy en día.
Ni que decir tiene que estos hechos jamás serán reconocidos por los individuos en cuestión, el telespectador incauto creerá no sólo que ha llegado a esa forma de pensamiento de forma individual y voluntaria, sino que además jurará y perjurará que siempre ha sido de esa manera, es decir, que por ej, siempre ha sido tolerante con los homosexuales y sus relaciones ¡¡¡¡¡faltaría más¡¡¡¡¡
Los dos ejemplos que he puesto ilustran para mí claramente lo expuesto más arriba, esto es la presencia de la música hoy en día pero de forma velada y en segundo plano, siendo fundamental pero sin ser apreciada su efecto de forma justa y conveniente. (Continuará)
Es bien conocida la capacidad de la música, o de ciertas músicas de provocar y potenciar emociones en el oyente, el mundo del cine puede proporcionarnos claros ejemplos de ello ¿Quién no ha sentido inquietud al oir cierta música en tal película de terror, o a quién no se le ha encogido el corazón en aquella otra escena de despedida en aquella otra escena? Todos sabemos del poder emocional de la música.
Lo bueno de oírla en el cine, en el teatro o en la ópera, por ej es que nos conmueve, nos aterra o alegra artificialmente, es decir, actúa en nosotros pero se nos presenta de frente, de cara, es decir dándola permiso y sabiendo lo que va a hacer, somos conscientes de que estamos viviendo una mentira maravillosa y consentida, por tanto no hay engaño, es un juego del que somos cómplices y víctimas al mismo tiempo, por lo tanto no pasa nada.
El problema es cuando viene sin que nosotros demos su permiso, como ese amigo inoportuno que se nos presenta en casa sin que lo hayamos invitado, y que nos entretiene cuando íbamos hacer algo tan importante.
Algo así sucede cada vez más en los noticieros de la televisión y de la radio, y ante ciertos temas muy sensibles a la opinión pública. Hace relativamente poco, en plena efervescencia popular ante la legalización del matrimonio homosexual, un hombre contaba a la cámara entre sollozos, como había sufrido durante el franquismo la burla y el desdén de un cura. No crean ni por un momento que el testimonio se basaba en palabras únicamente, en absoluto. La noticia se acompañó de una buena dosis de música conmovedora, toda ella puesta indiscutiblemente para conmover adecuadamente a la audiencia y dar pena, es decir, para derribar su capacidad de raciocinio o prejuicio se mire por donde se mire, o sea para que haga o piense más fácilmente de la manera en que se quiere que piense. Ni que decir tiene que la cadena televisiva en cuestión era la cadena pública estatal.
Otro momento que recuerdo especialmente, por supuesto en el ente público televisivo, fue un reportaje de una víctima del terrorismo, se contaban hechos terribles y dramáticos, todos ellos narrados y sazonados con una música de fondo de violonchelo debidamente conmovedora.
Nuestros amiguitos los políticos y sus acólitos que ocupan los puestos de poder saben que la masa es dúctil y maleable, y que se puede influir en su pensamiento y dirigirlo de la manera más conveniente con diversos medios, y el más poderoso es evidentemente el de las emociones, ahí las barreras son derribadas rápidamente, el espíritu crítico si es que existe en alguien cosa que dudo cada vez más se derriba como un castillo de naipes de forma inconsciente, no hay defensa posible si no es con buenas dosis de análisis distante y de espíritu despierto, ingredientes cada vez más escasos hoy en día.
Ni que decir tiene que estos hechos jamás serán reconocidos por los individuos en cuestión, el telespectador incauto creerá no sólo que ha llegado a esa forma de pensamiento de forma individual y voluntaria, sino que además jurará y perjurará que siempre ha sido de esa manera, es decir, que por ej, siempre ha sido tolerante con los homosexuales y sus relaciones ¡¡¡¡¡faltaría más¡¡¡¡¡
Los dos ejemplos que he puesto ilustran para mí claramente lo expuesto más arriba, esto es la presencia de la música hoy en día pero de forma velada y en segundo plano, siendo fundamental pero sin ser apreciada su efecto de forma justa y conveniente. (Continuará)
sábado, 25 de septiembre de 2010
Música… ¿existe? Art. I
El título con el que encabezo el artículo no es fruto de la broma, ni de la inconsciencia, ni por supuesto de la metafísica. Cualquier persona sana, con dos oídos que funcionen o hayan funcionado medianamente bien alguna vez podrán contestar sin ningún género de dudas afirmativamente a esta pregunta… la música por supuesto que existe ¿Cómo dudarlo?
En casa…en el coche…en el metro, bares, discotecas, en tiendas, por la calle, en el cine, teatro, televisión, durante las fiestas, en conciertos, incluso… en ascensores o cuando vamos al dentista…

La presencia de la música parece evidente por todas partes, y más que nunca. Jamás en la historia se disfrutó de tal cantidad de música como ahora, y sin embargo por más que pienso en ello, más necesaria se me antoja la pregunta:
¿Existe la música?
Cuando planteo esta pregunta, el objetivo de la misma es inquirir sobre algo que va mucho más allá de la mera presencia física a nuestro alrededor, hecho que, como dije más arriba, parece evidente a cualquiera.
Estoy convencido de que la eterna y permanente presencia de la música en la sociedad de nuestro tiempo es algo más efímero que nunca, algo que a fuerza de ser repetido y machacado a perpetuidad hace que no se valore, y que a la larga incluso se ignore. Nos hemos acostumbrado tanto a su presencia, que no se la valora como se debiera, y comparativamente con épocas pasadas, se la menosprecia.
Encendemos la radio, e inmediatamente somos bombardeados por música de todo tipo, cualquier motivo es bueno:
Para vendernos tal o cual producto milagroso que nos dejará guapísimos en un santiamén, o para acompañar y dramatizar cierta triste noticia que acaba de ocurrir en la otra parte del mundo, incluso en minutos de “silencio” antes de comenzar algún partido; eso ya es el colmo, lo que debiera ser un sentido homenaje a alguien que acaba de morir, se convierte en una pantomima teatral con música de fondo. ¡Por lo menos cámbienle el nombre, que ya no se llame minuto de silencio, hombres de Dios¡¡¡
Todos los anteriores son ejemplos de uso banal y estereotipado de la música en el mundo en que vivimos, de algo que está en el fondo pero que no es lo más importante. ¿Por qué digo esto? Porque el uso en estos y otros casos de música sólo sirve de condimento o adorno al hecho más importante, véase en los ejemplos que he puesto, vender un producto, contar una noticia o hacer un homenaje a alguien. La música no es un fin en sí misma, es un medio para conseguir algo.(Continuará)
En casa…en el coche…en el metro, bares, discotecas, en tiendas, por la calle, en el cine, teatro, televisión, durante las fiestas, en conciertos, incluso… en ascensores o cuando vamos al dentista…

La presencia de la música parece evidente por todas partes, y más que nunca. Jamás en la historia se disfrutó de tal cantidad de música como ahora, y sin embargo por más que pienso en ello, más necesaria se me antoja la pregunta:
¿Existe la música?
Cuando planteo esta pregunta, el objetivo de la misma es inquirir sobre algo que va mucho más allá de la mera presencia física a nuestro alrededor, hecho que, como dije más arriba, parece evidente a cualquiera.
Estoy convencido de que la eterna y permanente presencia de la música en la sociedad de nuestro tiempo es algo más efímero que nunca, algo que a fuerza de ser repetido y machacado a perpetuidad hace que no se valore, y que a la larga incluso se ignore. Nos hemos acostumbrado tanto a su presencia, que no se la valora como se debiera, y comparativamente con épocas pasadas, se la menosprecia.
Encendemos la radio, e inmediatamente somos bombardeados por música de todo tipo, cualquier motivo es bueno:
Para vendernos tal o cual producto milagroso que nos dejará guapísimos en un santiamén, o para acompañar y dramatizar cierta triste noticia que acaba de ocurrir en la otra parte del mundo, incluso en minutos de “silencio” antes de comenzar algún partido; eso ya es el colmo, lo que debiera ser un sentido homenaje a alguien que acaba de morir, se convierte en una pantomima teatral con música de fondo. ¡Por lo menos cámbienle el nombre, que ya no se llame minuto de silencio, hombres de Dios¡¡¡
Todos los anteriores son ejemplos de uso banal y estereotipado de la música en el mundo en que vivimos, de algo que está en el fondo pero que no es lo más importante. ¿Por qué digo esto? Porque el uso en estos y otros casos de música sólo sirve de condimento o adorno al hecho más importante, véase en los ejemplos que he puesto, vender un producto, contar una noticia o hacer un homenaje a alguien. La música no es un fin en sí misma, es un medio para conseguir algo.(Continuará)
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